El “LL”, un showbar de Chueca donde drag queens hacen espectáculos todas las noches, fue protagonista de un show excedido que pone sobre la mesa muchos problemas que aún debemos solventar urgentemente como colectivo.

Sábado noche. Madrid. El show corría a cargo de una de las drags habituales. Siempre que he asistido a este tipo de espectáculos, las protagonistas han sido gamberras, maleducadas, inoportunas, graciosas, impertinentes e ingeniosas. Todo siguió su curso, hasta que buscó a un voluntario entre el público.

Un chico de unos 19 años levantó la mano. Salió al escenario y la drag queen empezó a hacerle preguntas a cuyas respuestas siempre buscaba el doble sentido y bromeaba con el público.

“Soy de República Dominicana” dijo el chico. Ella empezó a bromear cavilando sobre el tamaño de su pene. La broma se alargó y ella se puso delante de él fingiendo que frotaba su culo con el paquete del chico. En ese momento se apartó, le bajó los pantalones y, sin previo aviso ni consentimiento, bajó sus calzoncillos.

El chico, visiblemente incómodo, no hacía más que estirar su camiseta hacia abajo para cubrir sus partes, miraba de lado a lado con una sonrisa postiza. La drag le quitó las manos de la camiseta para dejarlo al descubierto y empezó a jugar con él con total impunidad, poniéndolo contra la pared, cargándolo en la espalda, dándole vueltas y haciendo el helicóptero con su pene. Cuando decidió que el show había terminado, le subió los pantalones y lo bajó del escenario.

Lo que yo vi ahí fue un show completamente excedido. En plena era del “No es No” deberíamos ser más conscientes de los noes que no son literales. Noes que también van en un gesto: como encorvarse hacia delante tapando con la camiseta aquello que no quieres mostrar. En una mirada bloqueada. O noes que van escritos en nuestros propios principios. Allí, la gente grababa con el móvil, los empleados servían copas y la artista continuaba su show.

Cuando el chico volvió a colocarse entre el público, otra persona se acercó a él y le dijo algo como: “¿Estás bien? Piensa que hay cosas peores”. La normalización del acto en sí, “siempre podría ser peor”, “no es para tanto”, “a mí también me pasó”… Quizá en ese momento para el chico no había nada peor que pensar que no supo reaccionar, que debió haberse bajado y que cuántos vídeos habrá del momento rondando entre WhatsApps. Otros dos chicos pasaron por delante de él: “siento lo que ha pasado, nos ha parecido humillante y denigrante”.

No me lo esperaba, iba pedo y me quedé en blanco”, comentaba el agredido mientras describía los hechos. La pregunta que quizá nos asalta con más facilidad es la de “¿Por qué no bajaste del escenario?”, cuestionar la actitud del afectado mientras analizamos la situación con distancia y mente fría. Él responde: “Me quedé bloqueado, mi mente solo pensaba en qué está pasando, estoy flipando, tierra trágame. Primero pensé que solo me iba a bajar los pantalones, pero cuando me bajó los calzoncillos no supe qué hacer”.

Cuesta comprender que algo así sea tolerado y no chirríe a la mayoría de los allí presentes. Me pregunto qué reacción hubiera habido a rasgos generales si esto, en vez de ser una drag y un chico, hubiera sido el stripper (que actuaba minutos después) y una chica del público. Tengo la certeza de que hubiera sido un escándalo intolerable. Un escándalo igual de intolerable como el que sí se dio.

Entiendo que un espectáculo tiene que llamar la atención, pero no entiendo que sea a costa de otros. No entiendo que falte la suficiente profesionalidad como para comprender que quizá ese número está fuera de contexto, lugar y tiempo.

Podemos analizar si a veces campañas mediáticas tan necesarias como #MeToo, #MeQueer o “No es No”, se masifican y sirven más de cortina de humo que de una concienciación real que permita a la gente estar alerta en este tipo de sucesos, por desgracia, más comunes de lo que pensamos.

Si podemos cambiar la dirección de esos pensamientos automáticos que nos hacen preguntar a la víctima por qué no reaccionó y convertirlos en algo que dirigimos a nosotros mismos; habremos dado un pequeño paso. Si por lo menos podemos encontrar el punto en el que en ciertas situaciones, que quizá no van con nosotros y que lo único que tenemos en común con ellas es que compartimos espacio y tiempo, nos molesten y, en vez de sacar el móvil y grabar, podamos simplemente empatizar y ser conscientes de que es difícil entender la mente de cada uno, pero muy fácil tener en consideración su integridad y valor, aunque solo sea como ser humano y semejante; habremos empezado a respetar sin prejuzgar, ni a nosotros mismos ni a los demás.