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Sombra de una performista en el World Pride 2017 de Madrid. EFE

Es una realidad que parte del colectivo no conecta con artistas LGTBI, la falta de comunidad hace que queden completamente relegados a las “divas gay” heterosexuales.

Las redes están generando ruido en torno al debate: “Ana Guerra es nuestra diva gay, nuestra referente LGTBI”. A la par y con la misma fuerza están los detractores de esta afirmación.

Llamar referente a una persona que no ha hecho nada por la visibilidad es un insulto a todas aquellas personas LGTBI que se parten la cara siendo visibles en su día a día. En su ámbito laboral, artístico o al salir a la calle.

En el ámbito musical en este país en concreto, los artistas LGTBI se enfrentan a una triple invisibilización: la falta de apoyos de las discográficas, la limitación del target de su expresión artística al gran público por lgtbifobia interiorizada (y exterioriza), y como remate, la falta de apoyos por parte del colectivo.

Es una obviedad que las discográficas tienen reticencias a encumbrar artistas visibles: recaudan menos dinero porque su expresión no conecta con el target heterosexual. Evidencia una falta de aceptación. Deberíamos cuestionarnos por qué se adopta como “referente” a las personas fuera del colectivo sin embargo ellos al revés no lo practican.

¿Qué es lo que hacen entonces? O mantienen a sus artistas en los armarios o crean productos que conectan con el colectivo, pero a su vez con el gran público a través de cantantes cisheterosexuales.

Es difícil hacer una lista de artistas españoles de primera línea visibles, que se encuentren en las grandes discográficas (mayors). Hace falta más voluntad por parte de entidades, tanto institucionales como discográficas para así acabar con la heteronorma que enturbia toda la cadena de montaje. Tampoco serviría de nada si desde dentro no los apoyamos.

Hay que recalcar que el problema no es el artista, el problema es cuando dentro del propio colectivo ensalzamos a figuras heterosexuales que no son LGTBI como referentes. Cuando tenemos otros y mejores artistas que son visibles y que les afecta ese techo de cristal.

Este síntoma también se ha visto en la proposición del colectivo madrileño Arcópoli en Twitter para que Ana Guerra y Aitana (Concursantes de Operación Triunfo 2017) canten “Lo Malo” en el escenario principal de Colón en el próximo Orgullo en Madrid. La polémica no es el ofrecimiento en sí, el problema es que esa oferta no ha sido lanzada con anterioridad para concursantes que sí han sido visibles dentro del concurso (Agoney, Marina, Mimi, Raoul, Ricky).

Esta declaración ha recibido una gran cantidad de mensajes criticando el poco tacto de este colectivo para con los artistas LGTBI visibles.

La falta de apoyos procedente del colectivo (no olvidemos que muchas veces por machismo, plumofobia, entre otros fenómenos) hace que entremos en el juego capcioso de la heteronorma discográfica, productos musicales que conectan con el empoderamiento LGTBI+ pero cantadas por personas cishetero (o no visibles). De nuevo, el resultado es el techo de cristal y se reproduce la misma forma de consumo.

Uno de los logros de nuestra fiesta del Orgullo es que se ha hegemonizado. En él participan jóvenes y familias heterosexuales. Y bienvenidos son. Pero es el día en el que debemos ser protagonistas.

¿Por qué? Un ejemplo. Al menos doce de los veinte de los artistas de renombre del escenario de la Puerta del Sol del World Pride 2017 eran heteros. Es decir, artistas que reciben un caché… ¿No hay nada que nos tengamos que cuestionar? ¿Cuándo vemos a nuestras artistas diversas en grandes escenarios fuera de estos ámbitos? La violencia además de simbólica también es económica.

En algún que otro caso, hay artistas que se erigen como representantes de la “comunidad gay”, sin serlo. Artistas que se acuerdan del colectivo en cada Orgullo por la pasta y que durante el año apenas les vemos pronunciarse.

Otras veces el colectivo los aúpa. En ambos casos, esto significa que un hetero se sitúa en la cúspide de los referentes culturales LGTBI, produciendo nosotros mismos el techo de cristal. Se favorece así un producto que no ha tenido las trabas para salir a luz en contraposición con todas las dificultades socioculturales y económicas que tienen los artistas LGTBI+.

La cuestión de las divas

Y sí, las divas son aliadas del empoderamiento pero como he explicado anteriormente, este ensalzamiento al olimpo gay también invisibiliza. El problema es cuando se producen desequilibrios de representación para con las trans, bisexuales, lesbianas o gais (sobre todo con los no normativos o queers). Porque no parten en condiciones de igualdad desde cero, porque todavía no se ha conseguido la plena normalización. De esta forma se tira por la borda la transversalización entre el feminismo y lo LGTBIQ+.

Hace veinte o diez años estas divas fueron (y son) aliadas, pero ahora nos situamos en otro contexto. Nuestra normalización en la sociedad supone que esas divas también sean propias del colectivo y que esa representación sea complemente real al igual que equilibrada.

Finalmente, utilizar palabras como “referente” o “diva gay” para un artista heterosexual no debería ser el término correcto. Y sí hacerlo para con las y los artistas cuyas trayectorias se ven relegadas a compañeros y compañeras de profesión que no han sufrido tal invisibilización.