Voy a empezar hablando de mí. Soy activista de salón. Tengo 29 años y soy maricón. Vengo de una familia muy religiosa que me rechazó por mi orientación sexual. Me fui de casa a los 18, estudié Periodismo y decidí que contaría mi experiencia siempre que fuese posible.

Quería referentes. Que mi yo del pasado hubiese encontrado alguien que le apoyase. Alguien que le dijese que todo saldría bien. O, más bien, alguien que comprendiera lo que estaba pasando. No tanto unas esperanzas de futuro como la complicidad de un presente que fue compartido.

En mi caso, además, tuve un enemigo aún más concreto que la homofobia: el Camino Neocatecumenal. Un movimiento católico neoconservador al que culpé de la lgtbifobia de mis progenitores.

Desde que salí del armario hace 14 años, he contado lo que me pasó a todo aquel que quiso escuchar en todos los formatos posibles. Aun hoy, conviven algunos de estos formatos. Y, en ellos, me siguen llegando mensajes de otras personas que pasaron lo mismo que yo. A veces también por la sombra del todopoderoso Camino. Otras, simplemente, por el rechazo familiar.

Escribo este artículo de opinión en MAGCEDONIA.com porque os quiero contar la última vez que me ocurrió.

¿Qué decir a quien no tiene futuro?

Ocurrió un domingo de hace dos semanas. Estaba limpiando la casa. Me escribieron un WhatsApp de un número desconocido. Como activista de salón, es algo que me pasa a menudo. Comencé a hablar con un chico, pensando que sería un caso más.

Sus palabras fueron, en resumen, el sensacionalista título que he puesto al artículo: “no tengo futuro, soy gay y me quiero suicidar” .

Traté, como siempre, de dar ánimos. De mostrar que siempre hay opciones. Pero a veces no las hay. Se trataba de alguien de una población del Levante, de etnia gitana, de una familia muy religiosa y conservadora. Tenía 28 años, estaba en paro, sin ingresos y sin ningún tipo de estudios.

Llegó un momento en el que, internamente, me quedé sin argumentos. Como ya he comentado, soy periodista, no soy psicólogo. Así que traté de buscar alguien más cualificado a quién pedir ayuda.

¿Dónde está la ayuda?

Escribí privados a conocidos activistas de asociaciones. Mandé WhatsApps y tuits a asociaciones de la zona y contactos que me dieron de asociaciones de su ciudad. Cuentas de tuiter, por cierto, muy activas con el Orgullo y otras manifestaciones.

Nadie me respondió. Un activista de dicha asociación me dejó en visto. A las dos semanas le volví a insistir. Silencio. Dos semanas después tuve la primera respuesta de un servicio de atención psicológica a personas LGTB+ de una ciudad cercana. Estaban colapsados y tardarían meses en poder atenderle.

No respondieron a mis preguntas sobre el formato. El chico no podría acudir, al estar en otra ciudad y no poder costearse el viaje. Pregunté si existía la posibilidad de una atención rápida por WhatsApp.

También, con mayor éxito, pregunté a amistades y conocidos que se dedicaban a la psicología o la terapia. Me prometieron ayuda para encontrar recursos, pero no lo encontraron. Los disponibles tenían limitaciones ya fueran geográficas, económicas o de otro tipo.

Por último, contacté a asociaciones por la diversidad de etnia gitana, tampoco he recibido respuesta. Han pasado cuatro días. Quizá me respondan el lunes. Ojalá.

¿Para qué sirven?

Yo entiendo que estar en una asociación LGTB+ es un trabajo cansado y voluntario. Pero me cuesta entender que un caso como el que cuento no sea prioritario. Entiendo igualmente que no debería ser labor de las asociaciones, sino de las instituciones públicas.

Que es el Estado el que debería garantizar una serie de derechos para todos. Que no nos tuviéramos que ver en la calle si nos echan por maricones. Tener asistencia psicológica si lo necesitamos. Pero ya sabemos cómo va lo de ir al psicólogo por la Seguridad Social. Que la gente en situación de exclusión social, como en este caso, tenga alguna opción. Alguien cualificado que le pueda dedicar 15 minutos de su tiempo, que no estamos pidiendo más.

Aun así, que nadie de ninguna asociación me haya respondido me cabrea. Si no ayudas a alguien que dice soy gay y me quiero suicidar, ¿qué haces? En el caso de la asociación por la diversidad de etnia gitana me pasa más de lo mismo. He visto mil noticias sobre ellos criticando a la película de Carmen y Lola. Pero, ¿no es más importante dar luz a quién lo necesita?

Puede que no me corresponda, desde mi cómodo activismo de sofá, criticar el de los demás. Pero es muy frustrante que alguien te pida ayuda y no poder dársela. Decir que seguro que hay una opción, buscarla y no encontrarla.

Que la gente que supuestamente debería estar ahí para él no esté.

Un problema global

No digo nombres de las asociaciones por varios motivos. Primero y más importante, porque no quiero desvelar la identidad de la persona que me ha escrito. A ver si buscando una solución, vamos a empeorar su problema.

Segundo porque tampoco quiero hacer una caza de brujas. No se trata de quién hace más o menos. Simplemente se trata de encontrar a alguien con los recursos adecuados para ayudar a alguien que lo necesita. Utilizo el altavoz que me ofrece MAGCEDONIA.com porque me da la oportunidad de llegar más lejos.

Sé que estamos ante un problema que tiene mucha gente. Un problema que yo mismo viví en mi adolescencia cuando me echaron de casa. Sé que ese problema no lo voy a solucionar aquí desde estas líneas.

Pero quizá sí puedo encontrar un trabajador social, un psicólogo, alguien que trabaje de forma gratuita con personas en exclusión social. Alguien que haga que la persona que me escribió sea capaz de distinguir el horizonte.

Yo estoy donde estoy porque hubo muchas personas que me ayudaron cuando el Estado falló. Trato, dentro de mis posibilidades, de devolver lo que puedo a los demás. Ojalá ese chico pueda hacer lo mismo. Ojalá podamos crear una cadena hasta que a quién le corresponda realmente pueda tomar cartas en el asunto.

Si puedes ayudarle, escribe al mail pablo@magcedonia.com, gracias.