Llevo días dando vueltas sobre como hablar de esto. Me maravilla Amaia y Dulceida representa mucho de lo que odio. Su personaje es una oda a la incultura, al nepotismo, a la falsa meritocracia. Sin embargo, tras la polémica de los últimos días, me he sentido obligado a resaltar que no todos somos Amaia. O que Dulceida siempre fue Dulceida.

He elegido a Amaia porque creo que es lo que siento como la voz de mi generación (aunque le saque casi una década). Amaia es la influencer que queremos en el mundo. Tiene talento, tiene estudios, tiene valores, tiene naturalidad, lo tiene todo.
No he visto nunca un discurso en televisión tan fácil de comprar como el suyo.

Fácil porque es real, porque defiende lo que defendemos todos (o deberíamos). Porque es tan intachable en lo que hace que hasta la derecha no ha tenido más remedio que rendirse a sus pies. Y sin censurarse, defendiendo el poliamor, enseñando las tetas de fiesta y dejándose pelos en el sobaco.

Sin embargo, los que no somos perfectos seres de luz como ella estamos llenos de contradicciones.

Y, quizá, sea bueno echarles un ojo antes de lanzar a nadie a la pira. Ya lo dijo Jesucristo en lo que es, probablemente, el mejor pasaje de la Biblia, “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra“.

Dulceida de safari en Ciudad del Cabo

De toda la “aventura” africana de Dulceida, quizá lo más sangrante fue el baño en Ciudad del Cabo. Hablando con compañeros en la redacción, me decían que era imposible que no supiera, que llevaba meses en todos los medios. A veces, los que vivimos en la vorágine de la información nos cegamos. Creemos que todos vivimos en nuestra burbuja. Y no.

Aproveché para preguntar en otras empresas donde trabajo. Nadie sabía nada del asunto. Lamentablemente, lo normal es no preocuparse por la sequía en Sudáfrica.

No me resulta raro pensar que Dulceida no tenía ni idea de la situación en Ciudad del Cabo. Ni siquiera tengo tan seguro que una persona media se informaría antes de ir. Que al tener millones de seguidores debería tratar de no meter la pata en estas cosas, eso no lo dudo.

Dulceida es capital

Pero, quizá, nos toca poner las cosas en su contexto. Dulceida no es una ONG, Dulceida es un producto. Puro capitalismo. Dulceida estaba en África para promocionar unos cursos de inglés. No estaba haciendo caridad ni salvacionismo blanco. Todo lo contrario.

La labor de Dulceida, su trabajo, es el mismo que el que va a hacer proyecciones petrolíferas al golfo de Guinea. O del que quiere blanquear diamantes de sangre de Costa de Marfil. De las tecnológicas que sacan coltán del Congo.

La foto de Dulceida con esos niños a los que regaló gafas no es más que la influencer en su esencia. Ella vende una imagen de felicidad, una vida a la que queremos aspirar. Dulceida no necesitó estudiar para facturar millones. Aida Domenech vende que nosotros también podemos ser como ella. Que el capitalismo que hace que esos niños tengan nada -ni agua- puede hacer que tú te puedas dar un baño mientras la ciudad se ahoga bajo tus pies. Y todos y cada uno de nosotros preferimos estar arriba que debajo.

Lo peor de todo, y por lo que lanzo una lanza a su favor, es que ella no es consciente de ello. Ella, como el 90% de la población que nos rodea, se ha creído el cuento del capital. Como te lo crees tú cuando llevabas un kilo de arroz para los pobres. Ya lo explicó muy bien Putilatex.

Recuperar la perspectiva

Pero al final también hay que pararse a pensar sobre lo que uno hace. Como Amaia, nuestro oráculo de la sabiduría, cuando afirma que todos tenemos comportamientos machistas. Prácticamente todos compramos ropa en grandes superficies provenientes del Sudeste Asiático en condiciones de semiesclavitud. Muy pocos tratamos de comprar alimentos de comercio justo o de Km 0. Y también es responsabilidad nuestra.

Es muy cómodo descargar nuestra responsabilidad atacando a otra persona, pero estaría bien que a la vez que hacemos críticas constructivas, nos miremos un poco a nosotros mismos. Sobre todo porque si dedicamos nuestro tiempo en Twitter a lanzarnos sobre Dulceida, es que somos conscientes del problema. Y si somos conscientes del problema, tenemos más responsabilidad que quién vive en una taza de Mr. Wonderful.

Por supuesto, está muy bien que tratemos de ser Amaia para los demás. Que mostremos como deberían ser las cosas. Lo que nos debería preocupar. Pero también tenemos que saber que entre Dulceida y Amaia hay kilómetros de consciencia. Que un mundo mejor se construye siendo asertivo, explicando, haciendo que ver que somos aliados y no enemigos. De lo contrario, estamos perdidos.

Porque, no lo olvidemos, la mayoría estamos más cerca del lapsus de maldad de Noemí Merino en GH12+1 que de la luz infinita de Amaia. No todos somos Amaia. Pero lo podemos intentar. Ojalá Dulceida también.