pieles

El estreno de Pieles, el debut cinematográfico de Eduardo Casanova, ha pasado bastante desapercibido. Solo unas pocas salas han expuesto la cinta, que ha sufrido no tener a una de las grandes televisiones detrás. La incomodidad que provocan algunas de sus escenas ha llevado a la película a perder una distribución que podía haberle venido muy bien.

Tras su estreno en la Berlinale el pasado febrero, la crítica española alabó bastante la película. En Cinemanía, la nombraban “una de las últimas cimas del cine español”. El País, destacaba que “pican los ojos. Y eso es bueno. El cine español debería empezar de nuevo aquí”. El Mundo, por su parte, afirmaba que “hay mucha luz y mucho genio en esta película lacerante y retorcidamente hermosa”.

Pese a las buenas críticas, Pieles, que ya puede verse en Netflix fuera de España, no ha podido escapar de su transgresión. La ópera prima de Casanova es, a la vez, una oportunidad perdida y otra ganada. Perdida porque Pieles comparte mucho con Kiki, el amor se hace y podría haber tenido un buen recorrido comercial. Ganada porque ha querido escapar de lo que estaba hecho y mostrar su propia (e incómoda) voz.

candela peña pieles

Algunos defectos y muchas virtudes

Como no podía ser de otra forma en una primera película, hay muchos defectos. Las historias que se entrecruzan no guardan el mismo interés. Algunas no son más que pinceladas. A Eduardo aún le falta escapar de su pasado como cortometrajista y afianzarse en el largo. La misma duración del filme, 74 minutos, no le favorece. La película es entretenida pero el guión queda, a veces, forzado.

Por otra parte, Pieles tiene también un magnífico saco de virtudes. La dirección de actores es maravillosa. Ana Polvorosa logra trasmitir cada emoción teniendo un culo por boca. Carmen Machi vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices de este país. Candela Peña hace lo propio. Incluso la normalmente regular Carolina Bang, también productora de la película, está magnífica.

Los gags cómicos funcionan y los colores pásteles ayudan a generar incomodidad. La unión de “monstruos” ficticios con otros “reales” nos señala, acertadamente, en que los hemos convertido. Como sociedad, huimos tanto de la mujer con cara de ano como de la enana o la obesa mórbida. Esas son las pieles a las que no queremos aceptar.

También viene muy bien que se muestren los cuerpos. Aunque le haya alejado del cine mayoritario. Ver a una anciana desnuda con su vello púbico teñido vender a una niña sin ojos. Encontrarnos con pollas, tan difíciles de ver en el cine convencional, con cuerpos que se salen de lo establecido. Y a niveles incluso superiores a esa inquietante escena del comienzo de Animales Nocturnos.

vieja desnuda pieles

Un debut más que acertado que nos ataca directamente

Cuando vemos Pieles tenemos que tener en cuenta su contexto. La primera película de un actor. Con solo 26 años. Y la dirección es muy superior a la de las premiadas Tarde para la Ira o A Cambio de Nada. Sin embargo, podemos adivinar que, a diferencia de estas, no la veremos en la tanda de premios.

Pieles no es una película fácil. Aunque sí lo sea su mensaje. Hay muchas formas de decir que la diversidad es bella, que todos somos personas y debemos ser aceptados. Pero la película de Casanova nos lo escupe. Porque también a nosotros nos da asco. Estableciendo también fronteras entre el bien y el mal y explora los espacios entre ambos. Algo que se agradece y que era justo en lo que fallaba Kiki. Aquí no se justifica la violación o el abuso, aunque aparezca.

Como cuando al leer La Metamorfosis de Kafka, sentimos asco, culpabilidad y compasión al vernos convertidos en los verdugos. Somos nosotros los que no aceptamos cada piel y está muy bien que nos lo recuerden.

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