Lo bueno de polémicas como la de Dulceida con las gafas de sol es que nos permite meter en agenda temas que de otro modo nadie hablaría. Ya me quedé a gusto hablando del tema en mi artículo anterior, pero ahora me gustaría mencionar los otros protagonistas. Esos a los que nadie ha preguntado. Los niños del Instastory de la influencer.

Además de periodista, tengo un máster en Antropología y Gestión del Desarrollo -de verdad, no como el de Cifuentes- y he trabajado en alguna ONG. Eso me ha ayudado a darme cuenta que lo que para nosotros es obvio, no siempre lo es.

Generalmente, cuando hay un proyecto de desarrollo en cualquier organización se elige entre dos enfoques. El primero, el más habitual en las grandes organizaciones, es tildado muchas veces de colonialista.

Su funcionamiento es sencillo. Básicamente, los técnicos de la ONG o colaboradores externos hacen un proyecto para implementar en un territorio determinado teniendo en cuenta sus necesidades. Por ejemplo, si no hay agua cerca, construyen pozos, si no hay escuela o hospitales, ídem.

El otro enfoque es más participativo. Se tiene en cuenta a la población autóctona y se les da margen de decisión sobre qué hacer con el dinero. Se busca que ellos identifiquen sus necesidades y les ayudemos con nuestros medios a cubrirlas.

Ya no se trata de ir y decidir con tu sabiduría occidental qué es lo mejor para un territorio. Se trata de preguntar y dejar que tengan autonomía sobre los presupuestos. Como hacen algunos ayuntamientos en España (más o menos) con los presupuestos participativos.

Por supuesto, esto implica grandes problemas en Occidente a la hora de buscar financiación. Es más fácil vender hospitales y pozos que los indígenas vean qué necesitan. Se entiende que estamos más capacitados que ellos y en una posición superior. De nuevo, el colonialismo.

Estos problemas provienen porque no siempre sale lo que el occidental prefiere. Generalmente las necesidades de estos pueblos indígenas suelen diferir bastante de las que pensamos que deberían tener. Es habitual, por ejemplo, que se decida colocar instalaciones deportivas, en lugar de alcantarillado o cualquier cosa así.

Dentro de la lógica local tiene sentido. Un campo de fútbol o de béisbol no solo es un lugar para hacer deporte, sino que se trata de una zona para vivir el ocio, para construir mejores relaciones entre vecinos, para en definitiva, generar felicidad. Y ese es el sentido de la vida.

Una necesidad básica para nosotros que ellos no conocen, no es una necesidad básica. Aunque pueda mejorar de forma fundamental su vida.

Climatización y cocinas en Guatemala

Algo parecido me pasó a mí con la calefacción. Hasta bien entrado en la veintena nunca disfruté de un sistema de calefacción. Cuando leía que no poder climatizar una vivienda era pobreza energética me parecía exagerado. Siempre he tenido consciencia de clase, pero nunca he pensado que fuera pobre. Hasta hace muy poco, para mí, veía la calefacción como un lujo innecesario. En invierno se pasa frío, te pones mil mantas y esperas que llegue el buen tiempo. La vida.

Un ejemplo más extremo lo viví en una ONG médica donde estuve que hacía cocinas en la zona más pobre de Guatemala. Construir una cocina parece una tontería, pero los beneficios eran innumerables. En esa zona se cocinaba dentro de las casas, que tenían una única habitación. En mitad de la misma ponían una especie de fogata y allí cocían sus tortas.

Esto generaba problemas de toda índole. Para empezar, necesitaban mucha leña generando desforestación. Al no haber salida de humo, las mujeres tenían dolencias en la vista y respiratorias. También tenían problemas de espalda al tener que agacharse para cocinar. Por otra parte, al ser un fuego abierto la gente se quemaba, especialmente los niños. Alrededor de un 40% de las visitas a urgencias infantiles era por quemaduras en casa.

Al instalar las cocinas con su correspondiente salida de humo se reducía el uso de leña en un 80% y el resto de problemas se evaporaban. Probablemente sí preguntáramos allí nadie diría que una cocina era su necesidad más básica, aunque lo fuera, al menos para mujeres y niños.

Y las gafas de sol, ¿qué?

Mi intención con este artículo es solamente resaltar una obviedad. Muchos pensamos que el mismo concepto de desarrollo sostenible es una contradicción en sí misma y habría que optar por el decrecimiento. Aun así, es importante que tengamos en cuenta que no sabemos más que nadie. Que cada cual tiene derecho a decidir su futuro. Y que muchas veces el futuro elegido puede ser peor, incluso con medidores “objetivos”.

Los niños de Dulceida son más felices con sus gafas de sol y al final la vida va más o menos de eso, de disfrutarla mientras podamos. A la vez, como occidentales, seguro que vemos otras problemáticas, muchas causadas por nosotros como la sequía, que va a más por el cambio climático y la desforestación.

También a nosotros vinieron una vez a civilizarnos y terminamos gritando ¡qué vivan las caenas!

Recordemos, por ejemplo, que aunque los bosquimanos tienen una esperanza de vida muy inferior a la nuestra, cuentan también con muchas más horas de ocio que un occidental medio a lo largo de su “corta” vida. Puede que seamos nosotros los que tengamos que recolocar prioridades. Y, por supuesto, reconducir nuestra relación con el medio.

¿Aplaudimos a Dulceida? No se trata de eso. Pero quizá si se trata de pensar que no tenemos por qué saber qué es exactamente lo que esos niños necesitan. O piensan que necesitan, que al final termina siendo lo que importa.

A lo mejor, solo quieren unas gafas de sol.