escena de la película vivir deprisa amar despacio

Dirigida por Christophe Honoré, ‘Vivir deprisa, amar despacio’ nos traslada a una historia de primer y último amor. El último amor antes de morir enfermo de SIDA de Jacques (Pierre Deladonchamps) y el primero de Arthur, un estudiante bretón.

En la película se refleja muy bien dos formas diferentes de concebir el sexo y el amor. Ambientada en París y Rennes en 1993, Jacques pertenece a esa generación que ha visto los estragos del VIH y que tiene miedo de implicarse en una relación. Rehuye los afectos y se centra en relaciones esporádicas en las que él siempre está más implicado que los demás.

Arthur (Vicent Lacoste), sin embargo, no quiere renunciar a nada en esa vida que le ha tocado vivir. Decide ir a por todas en la relación, pese a la distancia y la enfermedad de Jacques. En un momento de la película, señala su inconformismo ante la visión del sexo de la generación de Jacques.

Parece que es necesario sentirse culpable y achacar la promiscuidad a cualquier problema vital anterior. Para Arthur, sin embargo, hay que dejar de sentirse culpable por practicar sexo o por amar. El fantasma latente del VIH es un elemento más con el que hay que convivir, pero no va a ser uno que rija los destinos de su vida.

Sorry, Angel, su nombre original, no deja de ser una película convencional que gracias a unas interpretaciones excelentes y una ambientación muy conseguida, consigue llegar a emocionar.

El cruising en ‘Vivir deprisa, amar despacio’

Uno de los aspectos mejor reflejados de la película tiene que ver con el cruising. Siguiendo y mejorando la estela de El desconocido del lago (también protagonizada por Pierre Deladonchamps), sorprende la manera realista y descarnada de ejemplificar estos encuentros.

En 1993 no había internet o smartphones y el cruising era la forma más sencilla de ligar. Como cualquier costumbre de un grupo social determinado, el cruising tiene también su propio lenguaje, que permanece hoy día, y en la película se puede ver perfectamente.

Es importante ver reflejada en la pantalla cuando los homosexuales no tenían lugares seguros (salvo en los clubs de las grandes capitales) en los que conocerse y tener sexo. Un aspecto de nuestra historia reciente denostado por las nuevas generaciones por asociarlo a algo a algo turbio o sórdido.

El personaje de Arthur en la película se rebela contra esta connotación negativa. Lo sórdido, argumenta, pierde su sordidez cuando es lo que te permite ser tú mismo y se convierte en algo liberador de lo que no hay que avergonzarse.

El vecino

Otro de los aspectos más interesantes de Vivir deprisa, amar despacio lo encontramos en el personaje de Matthieu. Se trata de la tercera generación que refleja la película, mayor que Jacques, amigo y su vecino de arriba.

Con Jacques nos encontramos con esas redes de apoyo tan importantes cuando no se tiene el soporte familiar. Sabemos que Jacques tiene padres, aunque nunca lo veamos en la película. Es Matthieu, sin embargo, el que le presta el coche cuando lo necesita o le acompaña en sus tratamientos.

Con Matthieu nos acercamos a las familias de Pose, la serie de Ryan Murphy ambientada en el Nueva York de la misma época.

Puede que la coyuntura obligara a tener relaciones esporádicas y encuentros casuales pero, a la vez también se generaba una verdadera comunidad LGTBI+ cada vez más fuerte. Una comunidad que terminaría consiguiendo los mismos derechos y libertades, al menos a nivel legal, que las parejas heterosexuales.

Vivir deprisa, amar despacio es un ejemplo de todo esto. Una película convencional, tierna, triste en ocasiones. También una forma de revivir formas diferentes de amar y enfrentarse a lo desconocido. Porque todos podemos poner barreras o tirarnos de cabeza. Y, en las relaciones humanas, todas las respuestas son válidas.